lunes, 18 de marzo de 2019

Boeing 737 MAX: ¿Has visto a un juez meterse a sí mismo en la cárcel?


PABLO PARDO Washington Sábado, 16 marzo 2019 


Un Boeing 737 MAX 8 de Air Canada, este viernes en Toronto. REUTERS

"Uno de los tipos que están en esto es juez. ¿Tú has visto alguna vez a un juez meterse a sí mismo en la cárcel?". Así le responde Auggie (Harvey Keitel) a Paul Benjamin (William Hurt) en la película Smoke, de Wayne Wang, cuando el segundo le pregunta si no tiene miedo de que le pillen por meter cigarros cubanos de contrabando en EEUU. 

Es una frases memorables que viene a la mente con la crisis del Boeing 737 MAX, porque tiene mucho que ver con lo que se llama captura regulatoria, que no es más que lo que se produce cuando un regulador, en lugar de actuar en favor del público, lo hace en favor de los regulados, o, al menos, de algunos de esos regulados.

En el caso del MAX, muchos ven captura regulatoria porque, afirman, la Autoridad Federal de Aviación (FAA, según sus siglas en inglés) miró hacia otro lado ante la multiplicación de señales de alerta de pilotos estadounidenses sobre el softwaredel piloto automático del MAX. 

De hecho, el que Boeing diga que va a ser capaz de cambiar en sólo 10 días los sistemas que han causado los problemas, indica, según los críticos de la empresa estadounidense, que ésta ya sabía que había cosas que iban mal. 

Además, llueve sobre mojado. En 2013, el que entonces era el producto estrella de Boeing, el 787, sufrió cinco incidentes en cinco días por problemas en su sistema eléctrico derivado de unas baterías de litio que se recalentaban y provocaban incendios. 

La FAA tuvo que prohibir los vuelos del avión hasta que se solucionara el problema. Pero muchos en la industria opinan que los reguladores ya sabían que esas baterías no eran seguras.

Ése es el problema de la captura regulatoria. Si los reguladores ceden terreno a los regulados, estos acaban explotando los márgenes de actuación que les dan, y, al final, se acaban creando las condiciones para fallos catastróficos. 

Hay casos eximios de ello. Y muy recientes. Desde principios de los años 80 hasta la crisis de las hipotecas basura de 2008, EEUU fue desmantelando progresivamente su sistema de regulación financiera. Los supervisores no tenían medios para detectar las fallas del sistema, y los políticos que les dirigían no tenían voluntad para ello. El resultado lo conocemos todos.

La actividad de los supervisores es por definición complicada. Una regulación estricta pude asfixiar un sector de actividad o liquidar su capacidad de innovación. Una regulación laxa puede provocar fallos catastróficos, como los de las hipotecas basura o los del Boeing 737 MAX. 

A su vez, esos fallos se extienden. Air Canada, que opera 24 aparatos del tipo que se ha visto afectado, declaró ayer que cancela sus previsiones de resultados para este año debido a que ha tenido que poner en tierra de forma imprevista sus 24 Boeing 737 MAX. Es, así pues, un daño masivo, que va mucho más allá de la empresa en la que se originó.

Pero no hace falta ir tan lejos para ver fallos de ese tipo. El sector del automóvil alemán, por ejemplo, tiene una influencia inmensa sobre los reguladores de ese país. Y, de hecho, la propia Unión Europea es un ejemplo de captura regulatoria institucionalizado y fijado en mármol. 

Porque la UE regula a sus miembros que, a su vez, son los que constituyen la UE. Con semejante contradicción ¿se sorprende alguien de que Alemania o Francia dinamiten los principios de la propia UE cuando les viene bien, o de que todos hicieran la vista gorda en los déficit monstruosos de Grecia hasta que el problema fue demasiado grande para seguir manteniéndolo oculto?

Ahí, la puerta giratoria - es decir, el trasvase de líderes del sector público al sector privado y viceversa - juega un papel fundamental. Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal en los años previos a la hecatombe, es hoy asesor de fondos y del banco alemán, en permanente estado de crisis, Deutsche Bank. 

Secretario del Tesoro con Barack Obama, Tim Geithner, que se opuso a que Elizabeth Warrenasumiera la dirección de la entonces recién creada Agencia de Protección del Consumidor Financiero por temor a que fuera demasiado dura con las instituciones bancarias, es ahora presidente del gigante del private equity Warburg Pincus. Patrick Shanahan, que entre 1986 y 2017 fue directivo de Boeing, -donde se encargó, en otras cosas, de dirigir todo el programa del 787- es ahora secretario de Defensa en funciones de Estados Unidos.

El problema de la captura regulatoria va más allá de las puras industrias supervisadas, y afecta al poder a nivel internacional de los Estados.

De nuevo, el caso de Boeing es un ejemplo de ello, porque una de las cosas que han hecho tradicionalmente más atractivo a Estados Unidos han sido sus instituciones. 

De hecho, la calidad institucional es uno de los factores primordiales en la teoría del poder blando o poder suave (soft power, en inglés) creada un día de 1990 por el profesor de Políticas de la Universidad de Harvard, Joseph Nye. 

A Nye se le ocurrió lo del soft power, literalmente, después de desayunar, en lo que cabe pensar que ha sido una de las digestiones más influyentes en el campo de la Ciencia Política de las últimas décadas.

LA IMAGEN DE CHINA FRENTE A LA DE EEUU Y LA UE

Si las instituciones de los países dejan de ser percibidas como fiables, su poder internacional se resiente. No es casualidad que China tenga hoy en el mundo en desarrollo una imagen mucho mejor que Estados Unidos o la Unión Europea. Porque, con todos sus problemas, Pekín siempre puede argüir que no ha pasado por una crisis como la de las hipotecas basura o la del euro.

Hasta que estalló la crisis del 737 MAX, la regulación aeronáutica de Estados Unidos era, literalmente, la que marcaba la pauta a nivel mundial. La FAA era una organización de un país. Pero lo que decía, se seguía en todo el mundo. 

No ha sido el caso con los Boeing 737 MAX. De hecho, la FAA ha sido el más obstinado defensor de la seguridad de esos aviones. Cuando el aparato ya tenía prohibido volar en casi todo el mundo, los reguladores estadounidenses seguían insistiendo en que era seguro.

Eso tiene implicaciones políticas, porque reduce la capacidad de influencia de los países. No es casualidad que Etiopía se haya negado a que la caja negra del avión que se estrelló el domingo vaya a EEUU para ser examinada, y la haya mandado a Europa. Una industria mal regulada puede ser el peor enemigo de sí misma. Y también de su país.

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